jueves, 2 de marzo de 2017

Abandonado por Dios - parte 1

¿Puede alguien ayudarme?
El presente escrito plantea lo que nuestros antepasados en la Iglesia cristiana solían llamar “el abandono espiritual”, ese sentimiento de que Dios se ha olvidado de nosotros y que nos hace sentir aislados y sin rumbo.
A algunos que tomen estos párrafos y les echen un vistazo puede que les parezca inconcebible que ningún verdadero cristiano pudiera jamás pensar de esa manera. “Si piensan así, algo muy malo tiene que pasarle a su espiritualidad.” No obstante, en mi mente ha ido creciendo la convicción de que muchos cristianos saben lo que es sentir que no pueden más. A tales cristianos, cantar “ahora soy feliz todo el día” les parece tanto falso como superficial.
Sin ir más lejos, esta misma semana he recibido una carta de una cristiana que me contaba cuánto más difícil la vida le ha parecido desde que Cristo se apoderó de ella.
Este escrito es para cristianos así. No les quitará todas sus dificultades; pero mi oración es que les sea una mano que ayude en el camino y que les dé ánimo, como si fuera una voz que diga: “Sé adónde vamos; da el siguiente paso aquí y verás cómo avanzas, aunque todo parezca totalmente oscuro a tu alrededor.”
El formato del libro –estudios en los Salmos– no es como es por casualidad. Cada capítulo llama la atención a experiencias que o bien llevaron al autor a sentir que Dios le había abandonado, o que pudieron haberlo hecho.
Hay varias razones por las que he decidido escribir de esta manera, y espero que éstas se hagan patentes. Una de ellas es ésta: vivimos en un mundo que busca y ofrece respuestas fáciles y rápidas hasta para dificultades y planteamientos profundos. Tristemente, muchas personas se sienten decepcionadas con Dios mismo si Él no proporciona esa misma clase de respuestas.
Sin embargo, Dios no es nuestro siervo; sus caminos son más altos, más profundos y más anchos que los nuestros. El poeta inglés William Cowper aprendió, a través de sus propias depresiones profundas, que los brillantes propósitos de Dios a menudo se forjan en “minas profundas e insondables de infalible sabiduría”. De la misma manera, los Salmos nos muestran cómo el pueblo de Dios ha luchado con sus preguntas, sus dudas y sus experiencias de abandono, y cómo Dios les ha vuelto a levantar y traer a nueva luz y nuevo gozo.
Otra razón importante para acercarnos a este tema por medio del estudio de la Biblia es que cuando estamos desanimados, o tenemos que enfrentarnos con dificultades, o sentimos que Dios nos ha abandonado, la gran tentación es volvernos introspectivos. Perdemos el sentido de la perspectiva, la objetividad. Necesitamos que se nos saque de nosotros mismos y que se vuelva a dirigir nuestra mirada fuera de lo que somos y hacemos, y hacia lo que Dios es y hace. Sólo esto nos proporcionará la nueva orientación que todos necesitamos para la buena salud espiritual.
Así que estas ideas son, en un sentido, estudios bíblicos, estudios en la teología tal como ésta se aplica a la experiencia del espíritu herido.
Esta manera de acercarse al tema es importante por varias razones. Una de ellas es que, al tratar las dificultades y problemas personales de otros, existe una tentación para aquellos escritores cuya vocación sea la de teólogo o pastor, de dar por hecho que nuestra propia pericia es suficiente para solucionar todas las dificultades. Pero no es así, y nuestra formación bíblica y teológica tenía que habernos enseñado que no es así. Las Escrituras recalcan que somos seres materiales tanto como espirituales, y que existe entre los dos aspectos una constante interrelación en nuestras vidas. A veces, el desánimo y la depresión que podemos experimentar están tan íntimamente relacionados con nuestra condición física que deberíamos buscar ayuda y sanidad consultando a algún médico. Estaría fuera de lugar que yo pretendiese poder dar los consejos que sólo un médico debidamente cualificado puede dar.
No obstante, hay también otra consideración: en mi experiencia, a muchos cristianos desanimados que han buscado ayuda para su desánimo, haya sido de tipo médico o espiritual, se les ha decepcionado con los consejos que se les han dado. Todos hemos conocido de sobra casos de cristianos a quienes ciertos consejeros seculares les han dicho que su problema es que leen la Biblia, y que les convendría evitarla. Pero por otro lado, por desgracia, ¡la manera como muchos cristianos leen la Biblia y ven la vida cristiana, agrava de hecho sus dificultades!
A veces hay consejeros seculares que, sin darse cuenta, dan con el clavo en una seria necesidad que tienen muchos cristianos. Pero por desgracia, además de distorsionar la naturaleza del problema, no consiguen proporcionar la solución apropiada. Aconsejan deshacerse de la Biblia y del Dios de la Biblia, cuando la verdadera solución es aprender a entender bien la Biblia y descubrir al Dios de infinita gracia y compasión que en ella nos habla.
La mayoría de nosotros nos acercamos a un libro como éste buscando ayuda o bien para nosotros mismos o para otros: un arreglo lo más rápido posible. Pero los consejos demasiado rápidos sólo nos llevarán de una crisis a la siguiente. Lo que necesitamos es ayuda a más largo plazo, y ésta sólo se puede conseguir por medio de medidas a largo plazo. Necesitamos estudiar la Palabra de Dios de manera disciplinada, pensando bien en lo que hacemos, con oración, y emprendiéndolo con la ayuda del Espíritu. Esto cambiará nuestra manera de pensar y, como consecuencia, nuestra manera de vivir y, con el tiempo, cómo nos sentimos.
Ciertamente, éste fue el modelo apostólico. En la enseñanza de Pablo, es la renovación de la mente la que produce la transformación de nuestras vidas, y ésta, a su vez, nos lleva a descubrir “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1, 2).
Esta verdad la subraya un conmovedor testimonio personal del Dr. John White, en su libro The Masks of Melancholy (Las máscaras de la melancolía), y máxime cuando éste habla desde la perspectiva de sus muy diversas experiencias como psiquiatra cualificado además de teólogo pastoral que ha leído mucho y tiene gran experiencia.
Una segunda área en la que el consejero pastoral puede ofrecer ayuda, cualquiera que sea la causa básica de la depresión, es el enseñar y animar a los que la están padeciendo (siempre y cuando éstos tengan suficiente capacidad para concentrarse) a través del sólido estudio bíblico inductivo, y el disuadirles de leer lo meramente devocional. En la mayoría de los casos de las personas con depresión, la lectura devocional o se ha dejado del todo, o ha degenerado en algo poco sano o provechoso.
Hace años, cuando yo estaba profundamente deprimido, lo que salvó mi propia cordura fue una gran lucha –aunque tan seca como el polvo– para entender la profecía de Oseas. Estuve semanas enteras, mañana tras mañana, tomando notas de forma meticulosa y comprobando las alusiones históricas del texto. Empecé a sentir que el suelo debajo de mis pies se hacía cada vez más firme. Sabía, sin duda alguna, que la sanidad estaba surgiendo continuamente de mi lucha para captar el significado de la profecía.
Creo que no se puede exagerar la importancia de este principio. Es cierto que no es nada especialmente llamativo; pero en la vida cristiana hay mucho que no tiene nada de llamativo. Lo importante no es que sea llamativo, sino el hecho de que es el camino de Dios. Y precisamente porque es su camino, funciona.
Esto lo explica Pablo en una afirmación que muchas veces asociamos con la inspiración de las Escrituras, aunque el enfoque es la importancia práctica de las Escrituras en las vidas de aquellos que la conocen y la aman:
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Ti. 3:16, 17).
Cuando estudiamos las Escrituras y meditamos en ellas, empiezan a hacer un impacto significativo sobre nuestras vidas en su totalidad. Imparten “enseñanza”: acerca de Dios, Cristo, nosotros mismos, el pecado, la gracia y toda una multitud de otras cosas. De esta manera nos conducen a conocer a Dios, moldean nuestra manera de pensar y nos dan dirección clara para la vida. También “redarguyen”: examinando nuestros corazones y tocando nuestras conciencias. La Palabra de Dios es
viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (He. 4:12, 13).
Cuando nuestras vidas se exponen así a la influencia de la Palabra de Dios en las Escrituras, tiene lugar un proceso de limpieza. Tal como oró Jesús, somos santificados por medio de la verdad que es la Palabra de Dios (Juan 17:17). Este proceso es tan importante para nuestro bienestar espiritual como lo es la limpieza de una herida para su sanidad.
Luego Pablo añade que las Escrituras nos “corrigen”. Cuando yo era niño e iba a la escuela, pensaba que ser regañado y ser corregido eran sinónimos, ¡y no me gustaba ninguna de las dos cosas! Pero esta palabra que utiliza Pablo, corregir, es más que simplemente otra manera de decirnos que hemos hecho mal. De hecho, la palabra se utilizaba fuera del Nuevo Testamento en el campo de la medicina para “corregir” un miembro del cuerpo que se había lesionado: como curar una pierna rota. Es por medio de la reprensión de Dios como vemos nuestra necesidad; y es gracias al poder para sanar que tiene su Palabra –animando, dirigiendo de nuevo y dando seguridad– por lo que pueden sanarse nuestras mentes y nuestros espíritus.
El caso es que, nos viene a decir Pablo, se puede encontrar en las Escrituras todo lo necesario para ayudarnos a ser siervos de Cristo estables. Y es precisamente la estabilidad la cualidad que necesitamos cuando estamos desanimados y hemos empezado a pensar: “No voy a poder aguantar esto mucho más.”
Sobre todo, las Escrituras cambian el enfoque de nuestros corazones y mentes en cuanto a Dios para que éste vuelva a ser Aquel cuyo carácter aquéllas revelan. Nuestra necesidad más profunda es llegar a conocerle a Él mejor. Y cuando se satisface esa necesidad, se ven todas las demás necesidades que tenemos –las dudas, el desánimo, la depresión, el desconsuelo– en su verdadero contexto.
A Martín Lutero, el reformador del siglo XVI, en una ocasión cuando estaba muy desanimado, le recordó esta verdad de manera contundente su esposa Catalina. Ésta, al ver que su marido no respondía a ninguna palabra de ánimo, una mañana se vistió de negro: de ropa de luto. Ya que no le dio a su marido ninguna explicación, éste, al no haberse enterado de que nadie hubiera muerto, le preguntó: “Catalina, ¿por qué vas vestida de luto?” “Alguien ha muerto”, respondió ella. “¿Alguien ha muerto?”, exclamó Lutero, “yo no he oído que nadie haya muerto. ¿Quién puede haber muerto?” “Pues, al parecer”, le respondió su esposa, “¡habrá muerto Dios!”
Lutero cayó en la cuenta. Él, siendo creyente, un cristiano, y teniendo por Padre a un Dios tan grande, ¡estaba viviendo como si fuera en la práctica ateo! Pero Lutero sabía que Dios no estaba muerto. ¡Dios estaba vivo, reinando, y obrando en los acontecimientos de la Historia y también en la vida del propio Lutero! ¡Qué necio había sido! Y el desánimo lo desterró inmediatamente.
Conocer y amar a Dios crea un ambiente en el que les cuesta respirar al desánimo y a un sentimiento de depresión o de abandono espiritual. Es esto, en última instancia, lo que descubrieron una y otra vez los salmistas, y lo que nos dicen en diferentes contextos y de muchas y diversas maneras. Sentémonos, pues, a sus pies y aprendamos a ver lo que ellos vieron:
Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo;
Ten misericordia de mí, y respóndeme.
Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro.
Tu rostro buscaré, oh Jehová…
Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová
En la tierra de los vivientes.
Aguarda a Jehová;
Esfuérzate, y aliéntese tu corazón;
Sí, espera a Jehová (Sal. 27:7, 8, 13, 14).


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