sábado, 7 de enero de 2017

Bienaventurados los de limpio corazón

Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios.
Mateo 5.8

Hemos estado considerando la progresiva restauración del ser humano cuando Dios irrumpe en su vida. Al igual que en la parábola del hijo pródigo, todo comenzó en un momento en que fueron abiertos los ojos y vimos nuestra vida como realmente era: estábamos hundidos en la peor de las miserias. Esa revelación fue suficiente para dar comienzo en nosotros a un proceso que eventualmente nos llevaría a los brazos de nuestro Padre Celestial. En el texto de hoy, Jesús declara que son bendecidos aquellos que poseen corazones puros.

Una vez más, las enseñanzas de Cristo nos alejan de lo que es la práctica de una vida religiosa, cuyo acento siempre recae sobre los ritos y comportamientos externos del ser humano. Por medio de la práctica de una vida disciplinada podemos impresionar a quienes nos rodean y dar la imagen de ser personas sumamente piadosas, pero a Dios no lo podemos conmover. Él no mira la parte externa y visible del ser humano sino que pesa los corazones. Aquello que está escondido a los ojos de la mayoría es lo que realmente importa a la hora de pesar la vida. La limpieza de corazón se refiere a las motivaciones y los pensamientos que controlan gran parte de los comportamientos del ser humano. Es allí donde se cultiva la verdadera santidad.

En esta ocasión Cristo iba a sorprender a las multitudes llevándolas a un plano que ningún otro maestro había logrado. Donde existía preocupación con el acto sexual del adulterio, Jesús señaló que todo comienza con una mirada llena de malos deseos (Mt 5.29). Donde lo condenable parecía ser un acto de homicidio, Jesús señaló que era igualmente grave juzgar como idiota a una persona en lo secreto de nuestros corazones (Mt 5.22). La lección que dejaba era clara: la única vida que realmente agrada al Padre es aquella que tiene una pureza tanto externa como interna. A esto se refiere la santidad, que es el resultado de una actitud de sinceridad y pureza. Así lo declaraba el salmista: «¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño» (24.3–4).

El autor de Hebreos exhorta: «seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (12.14). Precisamente esta declaración hace Cristo. La bendición que encierra una vida de pureza interior es que le permite a la persona ver al Señor, pues el Señor es santo y nadie que vive en un estado de impureza puede acercarse a él. Mas para los limpios de corazón, el camino está siempre abierto.

Hemos de notar que la pureza no puede estar divorciada del plano de las relaciones con los demás. Es allí donde se manifiestan las motivaciones egoístas, las dobles intenciones y los deseos de usar a los demás para nuestro beneficio. Por esta razón, el lugar donde más necesitamos el proceso purificador de Dios en nuestras vidas es, precisamente, en el trato que tenemos a diario con aquellos que nos acompañan en esta vida.
Para pensar:

Ay de los hipócritas, porque tendrán que conformarse con fabricar las experiencias de Dios.

jueves, 5 de enero de 2017

Bienaventurados los misericordiosos

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Mateo 5.7

En esta bienaventuranza tenemos una de las más claras evidencias de que es Dios el que está obrando transformación en la vida y no la persona misma. La misericordia se refiere específicamente a una sensibilidad al dolor de otros que, a su vez, produce un deseo de aportar alivio al afligido. Este sentimiento es el que más refleja el carácter de Dios, pues la misericordia tiene que ver con un corazón compasivo, bondadoso y tierno, que no mide si la otra persona es merecedora de nuestro socorro, sino que se da a sí mismo por el bien del otro.

Es lógico que esta actitud de misericordia sea el fruto de una vida que tiene hambre y sed de justicia, ya que las bienaventuranzas se refieren a una progresión espiritual. Esa necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios mismo. La cercanía a su persona, sin embargo, no solamente sacia las necesidades de nuestra alma, sino que comienza a contagiarnos de un interés por la realidad que afecta la vida de los demás. Ya no juzgamos con dureza a aquellos que están en situaciones difíciles, condenándolos porque vemos en sus vidas las claras consecuencias del pecado. Más bien, comenzamos a ver que son personas atrapadas en un sistema maligno, enceguecidos por las tinieblas de este mundo, que necesitan con desesperación que alguien se les acerque para indicarles el camino hacia la luz y la vida.

No hace falta señalar que la expresión de la misericordia muchas veces escandaliza a aquellos que pretenden ser los auténticos defensores de todo lo que es bueno y justo. Los fariseos, por ejemplo, no mostraron una pizca de misericordia hacia la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8.1–11). Lejos de extenderle la misericordia necesaria para que sea librada del lazo en el que había caído, la trajeron a Jesús con el deseo de sellar la condenación que ya habían formado en sus propios corazones. Jesús no dijo, en ningún momento, que aprobaba la práctica del adulterio. Sin embargo, demostró compasión por esta mujer afirmando que no la condenaba, aunque era digna de condenación.

De la misma manera, Simón el fariseo se mostró horrorizado de que el Maestro permitiera que una mujer pecadora le tocara (Lc 7.1–50). ¡Un fariseo jamás hubiera tenido contacto con esta clase de persona! Jesús, no obstante, le extendió la bondadosa compasión de Dios y fue, literalmente, transformada en otra persona. Cuando hemos sido alcanzados por la misericordia, podemos ser también misericordiosos con otros. Para esto, es necesario que Dios periódicamente nos recuerde lo mucho que él nos ha perdonado a nosotros, pues el que mucho ama, mucho ha sido perdonado.

En varios momentos durante su peregrinaje Cristo le recordó a los discípulos que Dios sería generoso con aquellos que eran generosos. El principio es claro: todos hemos recibido la invitación a ser parte del reino. Pero una vez que hemos sido admitidos, es inadmisible que no tengamos la misma actitud de misericordia hacia los demás, que ha sido mostrada hacia nuestras personas. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán aún mayores demostraciones de misericordia.
Para pensar:

Ay de los que tienen un corazón duro, porque vivirán con la misma dureza que han sembrado.

miércoles, 4 de enero de 2017

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Mateo 5.6

Hemos estado meditando en el proceso por el cual Dios conduce a alguien a que tome conciencia de su verdadera condición espiritual. Al percibir, por medio del Espíritu, su pobreza frente a las cosas de Dios, la persona se siente quebrantada. Se resiste a la tentación de argumentar y defender su situación. Lo que otros pueden decir de su persona solamente le sirve de confirmación para lo que ya le ha sido revelado por Dios.

Este proceso de quebranto, en el cual repudiamos la manera en que hemos estado viviendo hasta este momento, podría bien prestarse para que se forme en nosotros la decisión de producir un cambio en nuestras vidas, no importa cual sea el costo ni el camino a recorrer. He aquí el verdadero peligro que lleva esta revelación, pues podría impulsarnos a asumir nosotros la responsabilidad del cambio. Viendo el punto en el cual hemos fallado, hacemos voto de que no volverá a ocurrir y ponemos toda nuestra energía en producir el cambio que juzgamos necesario para no volver a caer. Una decisión de esta naturaleza no haría más que descarrilar la obra que el Señor está llevando adelante en nuestros corazones.

Las bienaventuranzas revelan un camino diferente, el camino de la acción soberana de Dios. Las declaraciones de Cristo no describen un método a seguir, cuyo resultado está garantizado si cumplimos con cada paso del proceso. Ni bien asumimos nosotros el control del proceso de transformación en nuestras vidas, se detendrá nuestro crecimiento espiritual. Al igual que el hijo pródigo, no podemos traerle al Padre nuestra idea de cómo debe tratar con nuestras vidas, porque él ya sabe lo que necesitamos y no precisa de nuestras sugerencias. Nos debe servir de advertencia la pregunta que Pablo hizo a los Gálatas: «Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vamos ahora a seguir por la carne?» (Gl 3.3). Nuestra respuesta tiene que ser rotunda: «¡De ninguna manera!»

El camino que se abre delante nuestro es venir al Señor con nuestras debilidades y nuestros errores, para clamar a él por esa obra que solamente el Espíritu puede realizar. Por eso esta bienaventuranza expresa que la bendición se encuentra en tener hambre y sed de justicia. La justicia no es algo que el hombre puede elaborar, sino una realidad que es producto de la intervención divina. La transformación que tanto anhelamos la tenemos que buscar de sus manos. «Cristo en nosotros» es la respuesta que procuramos.

La recompensa, según lo señala Cristo, es que este hambre será satisfecho. Dios no se quedará quieto ante nuestro clamor, pues «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb 4.15–16). ¡Él está más interesado que nosotros en producir esa transformación que buscamos!
Para pensar:

Ay de los que no tienen interés en ser santos, pues vivirán atormentados buscando saciar su necesidad con lo que no sacia.

martes, 3 de enero de 2017

Bienaventurados los mansos

Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad.
Mateo 5.5

Las primeras dos bienaventuranzas tienen que ver con un estado espiritual producido por la intervención de Dios en nuestras vidas. Se refieren a la acción del Espíritu por la cual logramos descubrir nuestra verdadera condición humana. Quedan desnudados todas las posturas y actitudes que en algún momento nos llevaron a pensar que éramos algo. Nuestra penuria espiritual se torna dolorosamente evidente y nos quebrantamos internamente por esta realidad tan radicalmente opuesta a la que creíamos poseer.

La bienaventuranza de hoy está apoyada sobre la condición espiritual que describe la primera y segunda bienaventuranzas. Al igual que los eslabones de una cadena, esta condición no puede existir aislada de la pobreza y el quebranto espiritual. La mansedumbre, no obstante, nos introduce en el plano de las relaciones humanas. Es importante que entendamos que las relaciones sanas no dependen de la calidad de las personas que la componen, sino de la existencia de un fundamento espiritual que permite que nos veamos tal cual somos.

La mansedumbre es la actitud que confirma que la conciencia de pobreza espiritual es verdaderamente producto de un accionar de Dios, y no de nosotros mismos. Cuando estamos vestidos de mansedumbre podemos aceptar, con una actitud de quietud y sosiego interior, aquellas cosas que nos resultan dolorosas, humillantes o difíciles. Cuando otros pueden acercarse a nosotros para señalar nuestros defectos y errores, no reaccionamos con airada indignación, buscando justificar lo injustificable. Es el Espíritu el que ha traído a la luz estas mismas condiciones y por eso podemos tomar las palabras de los demás como una confirmación de lo que ya nos ha sido revelado.

Frente a situaciones de injusticia somos lentos para reaccionar. No nos preocupan los insultos o las acciones que dañan nuestra reputación. Estamos confiados en que Dios defiende a los suyos y no requiere de nuestra ayuda para hacerlo. Tal fue la actitud de Moisés cuando se levantaron contra él María y Aarón (Nm 12) o los hijos de Coré (Nm 16). La Palabra lo describe como el hombre más manso de la tierra (Nm 12.3). Jesucristo invitó a todos los cargados y angustiados a que se acercaran a él, porque él era «manso y humilde de corazón» (Mt 11.29). En el momento más duro de su trayectoria terrenal demostró mansedumbre absoluta; «cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba » (1 P 2.23). No podemos evitar la sospecha de que gran parte de nuestra fatiga se debe, precisamente, a nuestros interminables esfuerzos por defender y justificar lo nuestro.

Una vez más, vemos que la recompensa marca un fuerte contraste con los conceptos típicos del mundo. La tierra, afirma la filosofía de estos tiempos, es de aquellos que no «se dejan estar». En el reino de los cielos, la tierra es precisamente de aquellos que dejan de luchar, argumentar y pelear para asegurarse del reconocimiento que, según entienden, les pertenece. Descansan en Dios y saben que él es el que levanta y derriba, el que sostiene y el que quita. Es ampliamente generoso para velar por los intereses de sus hijos.
Para pensar:

Ay de los que nunca pueden bajar la guardia, pues ellos tendrán siempre que depender de sus propios esfuerzos.

lunes, 2 de enero de 2017

Bienaventurados los que lloran

Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación.
Mateo 5.4 (LBLA)

El principio de una experiencia espiritual significativa, según lo que notamos en la primera bienaventuranza, es reconocer la pobreza de nuestros propios corazones. Es hacer un inventario de nuestros bienes, en lo que al espíritu se refiere, y descubrir que estamos completamente desprovistos de riquezas en este ámbito de la vida.

Este descubrimiento podría ser el principio de algo nuevo, pero no necesariamente es así. Muchos de nosotros reconocemos que hay aspectos de nuestra vida que están mal, pero esto no produce en nosotros más que un encogerse de hombros. Incluso podría utilizarse el descubrimiento de nuestra pobreza para una extraña manifestación de orgullo.

Cuando esta revelación es obra del Espíritu de Dios, sin embargo, nos conduce a este segundo paso, que es el del llanto. Nuestra verdadera condición delante de Dios trae consigo una profunda tristeza, porque entendemos cuán grande ha sido nuestra ofensa contra él. En su misericordia, él permite que derramemos lágrimas por nuestra situación, porque las lágrimas son el principio de la sanidad.

Esta verdad es contraria a muchas de las enseñanzas que nos transmite nuestra cultura, especialmente si somos hombres. «Los hombres no lloran», nos proclamaban nuestros mayores, aun cuando no teníamos suficiente edad siquiera para entender lo que era un hombre. La ausencia de lágrimas, no obstante, denota una extraña dureza de corazón, producto de una falta de contacto con nuestra vida emocional. Quien no llora, aprendió en algún momento de su vida, que las lágrimas solamente le traían problemas. En su deseo de evitar estas dificultades, reprimió un aspecto de su personalidad que es tan natural y necesario como alimentarse.

David, uno de los hombres más genuinamente espirituales en la Biblia, frecuentemente derramó lágrimas. En el Salmo 6 confesó que había regado su cama con sus lágrimas. En el Salmo 42 declaró que sus lágrimas habían sido su pan de día y de noche. Cristo lloró en más de una oportunidad por cosas que nosotros ni siquiera entendemos. Pedro lloró desconsoladamente luego de negar a su Señor. Los hermanos de Éfeso lloraron intensamente cuando Pablo les dijo que ya no los volvería a ver. Todo esto indica una manera natural de expresar tristeza y abrir las puertas al obrar de Dios.

Es precisamente a esto que Cristo apunta cuando declara que los que lloran son bienaventurados. Sus lágrimas no los dejarán vacíos y solos. El llanto de origen espiritual no produce desconsuelo (2 Co 7.10) Junto al llanto vendrá la mano tierna de Dios, que consuela a los afligidos y seca sus lágrimas, pues él es un Dios que «sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas» (Sal 147.3). Quien ha experimentado este consuelo sabe que luego del llanto uno se siente purificado y refrescado, como la tierra sobre la cual ha caído la lluvia.

Como líderes, debemos animar a nuestra gente a ser genuinos en la expresión de sus sentimientos, y también lo debemos ser nosotros. No es ninguna vergüenza llorar por la acción del Espíritu en nuestras vidas. ¡Benditas lágrimas celestiales!
Para pensar:

Ay de los que nunca lloran, porque la tristeza y la angustia les acecharán toda la vida.

domingo, 1 de enero de 2017

Bienaventurados los pobres en espíritu

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Mateo 5.3

La primera bienaventuranza identifica el punto donde comienza toda obra espiritual en la vida del hombre: un reconocimiento de la pobreza de nuestra propia condición. Es el resultado de un momento de iluminación, producido por el Señor, donde desaparecen todas las cosas que nos han llevado a creer que somos algo. Nos vemos como él nos ve: en un estado de bancarrota espiritual.

El mejor ejemplo de esto lo tenemos en la historia del hijo pródigo. Los días de gloria en los cuales la vida era una sucesión de fiestas, facilitada por una abultada billetera y un interminable desfile de admiradores, habían quedado atrás. Sentado entre los puercos, con la ropa rasgada y sucia, sintiendo el implacable acoso del hambre, el muchacho «volvió en sí». Es decir, llegó un momento en el cual vio su verdadera condición y entendió que estaba absolutamente perdido y solo en el mundo. La pobreza de su condición lo llevó a emprender el camino de regreso hacia la casa de su padre.

Pobreza de espíritu, debemos aclarar, no se refiere exclusivamente a la experiencia que eventualmente nos conduce a la conversión. Más bien es una condición a la cual periódicamente nos llevará de nuevo el Señor. A medida que transitamos por la vida, una y otra vez caemos en posturas de soberbia y altivez que son contrarias al espíritu del reino. La única esperanza para nosotros, en esas ocasiones, será volver a percibir nuestra real condición espiritual. Tal fue la experiencia de Pedro que, llevado por su propio entusiasmo, quiso dar testimonio de su fidelidad a Jesús entregando su vida por él. El quebranto, doloroso y profundo, le ayudó a ver con absoluta claridad su condición personal.

Cristo proclamó que la bendición que acompañaba esta condición era poseer el reino de los cielos. En esto, no podemos dejar de notar el marcado contraste con los conceptos del mundo, donde los reinos se conquistan con fuerza y violencia. Las ambiciones agresivas de aquellos que han llegado a las más altas posiciones en el mundo político, empresarial o cultural parecen confirmar la observación de que en este mundo no hay espacio para los débiles ni los humildes. Y esto creemos, hasta que aparece en medio nuestro una Madre Teresa, una diminuta figura que se dedicó sin reservas a servir a los más olvidados de la tierra. Hacia el final de su vida caminó entre los poderosos, entrevistó a presidentes y reyes, y compartió su mensaje con billones de personas. Pero no lo logró por esfuerzo, sino por el camino de la pobreza de espíritu. En el ámbito espiritual, el reino es entregado a aquellos que reconocen que no poseen aptitud alguna. Debemos recordar la palabra del Señor a los israelitas, «en la conversión y en el reposo seréis salvos; en la quietud y en confianza estará vuestra fortaleza». (Is 30.15).
Para pensar:

«Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo» (Ap 3.17).