lunes, 9 de enero de 2017

Bienaventurados los perseguidos

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Mateo 5.10–11

Una de las ironías de las bienaventuranzas es que la obra de transformación que hemos estado describiendo en estos días, la cual alinea nuestras vidas con los propósitos de Dios, no es bien recibida por quienes nos rodean. Al contrario, es inevitable que la persona que opta por contradecir las pautas y actitudes que gobiernan este mundo caído, eventualmente sea perseguida y resistida por los que andan en pecado. La vida de la persona redimida pone en evidencia las debilidades y enfermedades propias de una cultura pecaminosa. Todo aquel que proclama, con su estilo de vida, que el mundo está necesitado de un cambio, recibirá persecución.

Hemos de notar, sin embargo, que la bendición que proclama Jesús está condicionada a una realidad: que los insultos, la injusticia y la oposición son el resultado de seguir a Cristo. Los conflictos, los malos entendidos y las peleas son factores comunes a la vida misma. Todos, en algún momento de la vida, pueden llegar a experimentarlos. La diferencia está en que muchas veces estos conflictos no son más que el producto de la necedad de uno mismo. Por eso, el apóstol Pedro pregunta, «¿qué mérito tiene el soportar que os abofeteen si habéis pecado?». De seguro que esto no tiene ningún mérito, salvo soportar las consecuencias de nuestro propio pecado. «Pero si por hacer lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios» (1 Pe 2.20).

La persecución, como hemos señalado en otros devocionales, ha sido la marca de todos los grandes siervos de Dios. Hebreos 11 nos dice que muchos «experimentaron oprobios, azotes y, a más de esto, prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada. Anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados. Estos hombres, de los cuales el mundo no era digno, anduvieron errantes por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra» (36–38). De modo que no debemos sorprendernos de la oposición, sino más bien verla como la confirmación de que hemos pasado a una nueva dimensión de la vida, una en la que Cristo establece las pautas que guían nuestra existencia.

A esto, precisamente, se refiere la recompensa descripta en el pasaje: «de ellos es el reino de los cielos». La persecución pareciera colocar a las personas en una posición en la cual lo pierden todo. En casos extremos como el de Pablo, Esteban, Pedro u otros mártires de la iglesia, la persecución terminó con la vida misma de aquellos que servían a Cristo. No obstante, hay algo que no les puede ser quitado por ningún ser humano y es la participación plena y absoluta en la vida que Dios otorga a los suyos, aun estando muertos en cuerpo. Esto no le pertenece a los hombres, sino que es el premio a la fidelidad entre aquellos que se gozan en ser parte de su pueblo.
Para pensar:

Ay de los que huyen del sufrimiento, porque no recibirán aprobación ni se les contará entre los grandes.

domingo, 8 de enero de 2017

Bienaventurados los pacificadores

Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.
Mateo 5.9

A medida que avanza el proceso de transformación, producto del accionar de Dios en nuestras vidas, según las características que hemos visto en los devocionales anteriores, estamos cada vez en mejores condiciones para bendecir a quienes nos rodean, con una bendición que es espiritual.

Las relaciones entre los seres humanos están plagadas de toda clase de conflictos. El simple hecho de convivir dos personas en una misma casa lleva a situaciones de tensión, pues los intereses de uno seguramente interferirán en los intereses del otro. Cuando trasladamos esas tensiones a la sociedad, donde los compromisos con el prójimo son mucho más débiles, es fácil entender por qué los conflictos y las peleas abundan a nuestro alrededor. Dios nos ha creado para convivir en paz y armonía los unos con los otros, pero la presencia del pecado en nuestras vidas muchas veces hace que esto sea una imposibilidad a la hora de llevarlo a la práctica.

No es posible llevar las relaciones al plano de la paz -que en la Palabra se refiere a mucho más que la ausencia de conflictos- salvo que sea por medio de una acción sobrenatural. El hombre ha intentado imponer la paz por sus propios medios, pero siempre termina siendo un acto de agresión hacia los demás. Tal fue la actitud de Pedro, cuando quiso defender al Cristo arrestado usando su espada, o la de Moisés cuando quiso bendecir a sus hermanos hebreos por medio del asesinato de un egipcio. «Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios», advierte el apóstol Santiago (1.20). Es necesario entender que la verdadera paz es el resultado de una profunda transformación en nuestro corazón, tal como la que está describiendo Cristo en las bienaventuranzas.

Es por medio de esta obra espiritual que Cristo pidió al Padre que no tomara en cuenta el pecado de los que lo crucificaban. Por esta misma obra, Esteban oraba por los que le estaban apedreando, aun cuando se encontraba en medio de un agónico proceso de muerte. Los que procuran la paz son aquellos que desean que la plenitud de la bendición de Dios alcance a los que están a su alrededor, permitiendo que los hombres disfruten de las relaciones sin la permanente tendencia a la ofensa. Los que buscan la paz también asumen el compromiso de intervenir en toda situación de potencial conflicto, evitando que un pleito llegue a desencadenar una crisis de proporciones incontrolables. Entienden que el principio de una contienda es como el soltar de muchas aguas (Pr 17.14).

La consecuencia de esta actitud es que los tales serán llamados hijos de Dios, un privilegio que también otorga una autoridad espiritual sin igual. Los hijos de Dios son aquellos que gozan del respaldo y el favor especial del Padre, pudiendo avanzar sin temor en todas las cosas que él les manda, pues Dios les acompañará a cada paso del camino.
Para pensar:

Ay de los que viven con el lema «¡no te metas!» Cuando necesiten ayuda no tendrán un Padre celestial que les cuide.