lunes, 16 de enero de 2017

Esclavos de la obediencia

¿No sabéis que cuando os presentáis a alguno como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia? 
Romanos 6.16 (LBLA)
Una afirmación que frecuentemente escuchamos dentro de la iglesia es que Cristo nos ha hecho libres. La idea en esto es que ahora somos libres para escoger el camino que queramos, gozando del beneficio adicional: que Dios añade su bendición a las decisiones que tomamos. De hecho, Pablo afirma en Gálatas 5.1 «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud». Mas la libertad de la que hablan las Escrituras no es una libertad que nos ha sido entregada.

Para entender mejor este concepto es bueno que reflexionemos sobre el versículo de hoy. Con el deseo de aclarar una profunda verdad espiritual Pablo echa mano de una realidad que era bien conocida en el mundo en el que vivía: el de la esclavitud. Como sabemos, un esclavo en esos tiempos era considerado como la propiedad de su dueño. No era una persona sino más bien un objeto. El dueño podía disponer de su vida según le complaciera, incluso dándole muerte si así lo quería. Si aplicáramos a esta analogía, entonces, el concepto popular de la libertad en Cristo, la salvación podría compararse a un esclavo que recupera su libertad y tiene ahora la posibilidad de construir su propia vida como el resto de las personas.

El pasaje de hoy contradice esta noción. Más bien señala que hemos pasado de un estado de esclavitud a otro. Antes, nuestro amo era el pecado. Aun cuando queríamos hacer lo bueno, no podíamos porque el pecado reinaba en nuestras vidas. Ahora, según este pasaje, tenemos un nuevo amo: la obediencia. Si volvemos a la analogía de los esclavos del Imperio Romano, entonces, la imagen sería la siguiente: la libertad que nos ha sido dada no es la libertad incondicional, sino el haber sido libertados de los caprichos y deseos de nuestro antiguo amo. Ahora, un nuevo amo -Cristo Jesús- nos ha comprado y le debemos a él el mismo servicio que le debíamos a nuestro anterior amo. Es decir, hemos pasado de un estado de esclavitud a otro. No es nuestra condición la que ha cambiado sino el amo a quien servimos.

Es interesante notar, además, que Pablo podría haber declarado que ahora somos esclavos de Cristo, cosa que es verdad. Mas el apóstol escogió decir que somos esclavos de la obediencia. En otras palabras, hemos sido introducidos en un estilo de vida donde la Palabra de Dios se constituye en las instrucciones que guían nuestro diario vivir. No opinamos ni discutimos acerca de lo que nos pide el Señor, porque somos esclavos de la obediencia. ¡Aunque quisiéramos hacer lo contrario no podemos, porque nuestro lema es obedecer en todo lugar y en todo momento!
Para pensar:

«Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos. Actuad como personas libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios» (1 P 2.15–16).