miércoles, 5 de abril de 2017

Abandonado por Dios - parte 3

Valles oscuros
1 Jehová es mi pastor; nada me faltará.
2 En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.
3 Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
4 Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
5 Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán
todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.
Salmo 23
Desde la niñez, la mayoría de nosotros tenemos miedo de la oscuridad. En la oscuridad no vemos por dónde andamos; ya no controlamos la situación. Hemos dejado de ser los capitanes, los dueños, de nuestro destino. Estamos en terreno desconocido. Se dice que las últimas palabras del escritor de novelas cortas O. Henry fueron las de una canción popular: “Enciendan las luces; no quiero irme a casa en la oscuridad.” La mayoría de nosotros nos identificamos con esos sentimientos suyos.
David sabía cómo era estar en la oscuridad. “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno” (Sal. 23:4).
Normalmente, asociamos esas palabras suyas con el valle oscuro del luto. No cabe duda de que tienen entonces un significado especial. Para la mayoría de nosotros, aquél es el valle más oscuro de todos, en el que más miedo nos da entrar. Sin embargo, el lenguaje de David aquí es más amplio en lo que abarca. El valle que describe es, literalmente, de profunda oscuridad. El ánimo que hay en su testimonio no se ha de limitar al “valle de sombra de muerte”; nos habla en cualquier experiencia oscura de la vida.
Yo, personalmente, he tardado mucho en apreciar la sabiduría y el ánimo de las palabras de David. Y sospecho que no soy el único. Tengo que confesar con algo de vergüenza que el Salmo 23 me ha sido tan familiar desde mi niñez que cuando era más joven tendía a pensar que las únicas personas que “amaban el Salmo 23” eran aquellas cuyo conocimiento de las Escrituras no se extendiese más allá de dicho salmo.
En mi propio caso, ese desencanto se hizo aún mayor cuando leí una versión del Salmo 23, tipo “librito con dibujos para niños”. La ilustración en la portada de la edición que yo tenía como niño la tengo aún grabada en la memoria: David está sentado sobre una roca, con su cayado de pastor a su lado. Es un muchacho de tez hermosa, de pelo rizado y de ojos azules. Cerca de él, sus ovejas, perfectamente blancas, se apacientan en ricos pastos verdes, y como fondo de la escena, un cielo azul despejado, cuya perfección sólo la resaltan aún más unas espirales de nubes blancas. Todo va bien para el pastorcito mientras compone, dulcemente, su salmo de alabanza. Se trata de un mundo idealizado. A David no le falta nada.
Casi todo en esta presentación del Salmo 23 engaña. Y en cuanto nos demos cuenta de ello, tal vez podamos oír lo que David realmente está diciendo.
El suyo está lejos de ser un mundo ideal; es más bien un mundo lleno de valles oscuros (v. 4) y de la presencia de siniestros enemigos (v. 5). Y tampoco David es un inocente que está de paseo en un ambiente seguro. Está espiritualmente desfigurado, y en peligro. No se trata aquí de algún joven inexperto, sino de un hombre que ha luchado en medio de muchas dificultades hasta llegar a la fe y confianza que ahora expresa.
¿Cómo podemos compartir esa fe y confianza suyas?; ¿cómo estar tan seguros, como lo estaba él, de que Dios estará con nosotros en la oscuridad?
En primer lugar, debemos reconocer lo que David está haciendo en este salmo. ¿No es eso más que evidente? Está utilizando su experiencia como pastor y sus conocimientos de las ovejas como una especie de moraleja, o alegoría, de la vida cristiana. ¿No es esto algo así como una versión pastoril de El Peregrino?
Pero no, David está haciendo algo diferente. Su punto de partida no son las ovejas ni es el oficio del pastor, sino la Palabra de Dios en las Escrituras. Lo que David realmente está haciendo es aplicar un pasaje concreto de su Biblia a su propia vida y decirnos: “Dejadme que os cuente cómo yo llegué a experimentar su verdad y su poder.”
El caso es que David no fue el primero en decir: “El Señor es mi Pastor.” Esas palabras las habló primero Jacob. Jacob, ¡el engañador convertido en príncipe! Al final de su vida, dio su bendición como patriarca a los hijos de José, Efraín y Manasés:
El Dios delante de quien anduvieron mis padres Abraham e Isaac,
el Dios que ha sido mi pastor toda mi vida hasta este día,
el ángel que me ha rescatado de todo mal,
bendiga a estos muchachos
(Gn. 48:15, 16 LBLA)
Aquí tenemos a un hombre que había andado por valles oscuros: moral, espiritual, emocional y físicamente. Criado en el seno de una familia en la que el padre y la madre habían favorecido a un hijo diferente (“amó Isaac a Esaú… mas Rebeca amaba a Jacob” (Gn. 25:28), había conspirado juntamente con su madre para engañar a su necio hermano y así robarle su primogenitura (Gn. 25:29–34), y engañar también a su padre (Gn. 27).
Pero luego en un cruel lance, a él mismo le había engañado de manera muy parecida su tío Labán, y Jacob se había encontrado casado con Lea y no con Raquel a quien él amaba (Gn. 29:15–30). Había conocido el miedo y la soledad; pero Dios, por su gracia, fue a su encuentro en Jaboc, luchó con él y le transformó en príncipe (Gn. 32:22–32; cf. Os. 12:4).
No obstante, Jacob no había cambiado del todo, ni mucho menos. Más tarde en su vida imitaría los errores de sus propios padres: “Y amaba Israel [Jacob] a José más que a todos sus hijos… y le hizo una túnica de diversos colores” (Gn. 37:3). Parecía que los pecados de los padres habían sido visitados sobre los hijos. Pero Dios, en su gracia, “lo encaminó a bien” (Gn. 50:20), tal como la historia de José ilustra de manera tan maravillosa.
Jacob había “luchado con Dios y con los hombres” (Gn. 32:28). Pero al final de su vida, pudo mirar hacia atrás y regocijarse de que el Señor hubiera sido su Pastor, yendo tras él como tras una oveja perdida, rescatándole, sanándole y proveyendo para él.
En el Salmo 23, David está diciendo simplemente: “Yo también he participado de las experiencias de Jacob; yo también he vagado en la oscuridad. Pero lo que descubrió él, yo también lo he descubierto: ‘El Señor es mi pastor; nada me faltará.’ Dejadme que os diga lo que esto significa para mí.”
Cuando John Wesley yacía moribundo, fueron a visitarle muchos de sus amigos. Siendo éstos creyentes fuertes, estaban deseosos de poder animarle con las promesas de Dios. No obstante, en un momento determinado Wesley se incorporó en la cama y con especial energía les dijo: “Sí, todas estas promesas son ciertas, pero lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.”
Y ésa es la clave de lo que dice David. Puede mirar, cara a cara, la peor de todas las posibles situaciones, y decir, “Aunque… no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (v. 4, énfasis añadido). Se da cuenta de que si el Señor le pastorea a través del valle más oscuro, entonces en todos los demás valles de la vida la presencia del Señor y su poder bastarán para mantenerle bien agarrado.
Por eso durante tantos siglos, la traducción tradicional del Salmo 23:4 (“aunque ande en valle de sombra de muerte… tú estarás conmigo”) ha significado tanto para los creyentes. Es el equivalente en el Antiguo Testamento del principio expuesto más tarde en Hebreos 2:14–18.
La raíz de todos los temores es el temor de la muerte. Si quitas ese temor, se habrán debilitado todos los demás temores; si sabes que el Señor estará entonces contigo, estarás seguro de que nunca te desamparará, ni te dejará. Podrás decir con Pablo: “Estoy seguro de que ni la muerte… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39).
¿Cómo podemos ser librados de ese temor?; ¿cómo cortar de raíz su poder para alimentar nuestros temores menores? La respuesta, según David, estriba en saber por qué la presencia y el poder del pastor pueden liberarnos de nuestro temor: “porque estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” El pastor utiliza el cayado que tiene en la mano para trabajar con las ovejas: dirigiéndolas, volviendo a traerlas, disciplinándolas; la vara, o el garrote, cuelga de su cinturón, lista para defenderlas cuando se las ataque. Las ovejas miran ambas cosas para acordarse de que el pastor las protegerá.
David había experimentado a menudo la presencia del Señor como su pastor, protegiéndole y salvándole. Y sin embargo, ni siquiera la visión tan clara que tuvo David de Dios se puede comparar con la revelación del Señor como Pastor que nosotros tenemos:
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas (Juan 10:11).
Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno… haga… en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (Heb. 13:20, 21).
Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Ap. 7:17).
Los cristianos del Nuevo Testamento se regocijaban de conocer a Cristo como su Pastor porque murió la muerte de ellos, en su lugar, por su pecado. Su pastor llegó a ser un cordero para el sacrificio, aceptado por Dios. Él trae paz a nuestras conciencias culpables. Es más: Cristo se ha levantado. Ha vencido la muerte. En Él hay resurrección y vida, que Él comparte con todos los de su rebaño (Juan 10:10).
David sólo pudo vislumbrar todo esto en forma de bosquejo. Nosotros lo vemos todo con claridad, y por ello nuestra confianza en el Pastor es tanto mayor. Nuestro gran enemigo, la muerte, ha sido destrozado, y de manera irreversible. Su poder lo ha quebrantado la victoriosa resurrección de Cristo. La muerte aún puede echarnos mano, al igual que una vez le echó mano a Él; pero ya no nos puede retener ensus garras, como tampoco pudo retenerle a Él (He. 2:14).
Aún hemos de enfrentarnos con la muerte, como el último enemigo. Cuando pensamos en ello, tal vez temblemos. Pero entonces nos acordamos: Cristo ha vencido la muerte; puede ser que nos toque, pero no nos puede retener. Aunque tengamos que andar por aquel valle de la muerte, que hasta nos puede parecer como habitado por espíritus de otro mundo, no temeremos mal alguno porque Cristo está con nosotros.
La vara y el cayado de Cristo son su Cruz y su Palabra. Con la primera de ellas entró en combate mortal con la muerte y la venció; y con la segunda nos guía por la vida. Si éstas son suficientes como para librarnos del temor y para convencernos del amor del Padre por nosotros cuando estamos en el valle de sombra de muerte, entonces podremos confiar en Él también en cualquier otra situación.
Yo me crié en una pequeña familia con mi padre, mi madre y mi hermano mayor. Mi madre tenía ya casi 40 años cuando yo nací: tampoco tan anciana, digamos; pero, eso sí, mayor que la mayoría de los padres de mis amigos. Creo que era en parte por eso por lo que mi temor más grande durante mi niñez era el de perder a mis padres.
Ahora tanto mis padres como mi hermano han muerto. Cada uno de ellos murió en circunstancias diferentes, y yo me enteré de sus muertes de diferentes maneras: de la de mi padre, momentos después de que hubiera ocurrido, cuando yo llegaba para hacerle una visita; de la de mi hermano, por medio de una llamada telefónica a medianoche de uno de sus amigos; y de la de mi madre, cuando llamé a Escocia desde una cabina telefónica en el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, estando yo de camino para casa con la esperanza de poder estar con ella cuando muriera.
Cualquier muerte es una conmoción; una enfermedad terminal, como la que tuvo mi padre, o un deterioro progresivo, como el de mi madre, son enfermedades de los vivos, pero, en un sentido muy general, esperadas. Sin embargo, mi hermano murió una noche, muy tarde, y sin aviso. Recuerdo estar en la cama horas después, tan sobrecogido por el estado de conmoción que me preguntaba si iba a poder aguantarlo lo bastante como para ir a ver a mi madre la siguiente mañana, temprano, para partir su corazón con la noticia.
Aquel triste viaje, las palabras que cruzamos mi madre y yo mientras nos abrazábamos en el valle de sombra de muerte: éstos son los secretos inolvidables del alma. Pero hay algo más de lo cual no me puedo olvidar de aquellas horas, algo que me sustentó entonces y lo ha hecho también en muchas ocasiones, y en otras circunstancias, desde entonces. Mientras estaba en la cama, despierto, esperando el amanecer y la hora de aquella visita que tanto temía como mensajero de malas noticias, algunas palabras de la Escritura, almacenadas durante muchos años en mi memoria, parecieron crecer desde ser una semilla hasta llegar a ser un gran árbol debajo de cuyas ramas encontré refugio de la tormenta, consuelo para mi dolor, luz en la oscuridad.
Sentí que aquellas palabras eran tan ciertas como si hubiera oído la voz misma de Dios decirlas desde el Cielo. Aquí están:
¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte… ni lo presente, ni lo porvenir… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:31, 32, 38, 39).
Ahora no me puedo imaginar viviendo la vida cristiana sobre ninguna otra base que no sea ésta. Si el Padre me ama tanto que no escatimó2 ni a su propio Hijo, sino que lo entregó para ser crucificado por mí,3 no hace falta ninguna otra garantía de su compromiso total y permanente conmigo, para bendecirme.
Todo lo que me pasa tiene que verse a la luz de eso. Sí, mis más profundos temores pueden llegar a ser realidades. Puede ser que no entienda lo que Dios está haciendo en mi vida, o a ésta; puede que hasta parezca que me está escondiendo su rostro; mi corazón puede estar roto. ¿Pero acaso no puedo confiar en Aquel que demostró su amor por mí? Cuando yo era impotente en mi pecado, envió a Cristo para morir por mí (Ro. 5:8). Si ha hecho eso, ¿no hará que todas las cosas ayuden para mi bien? ¿Acaso dejará de dar alguna cosa que sea en última instancia para el bien de los que confían en Él?
De esta manera, la muerte de Cristo llega a ser la vara, o el garrote, que les rompe el cuello a los temores que son los enemigos de mi paz; y su Palabra se convierte en el cayado por medio del cual me sujeta y me rescata del peligro.
Hace unos años un amigo mío tuvo la desgarradora experiencia de tener que ver apagarse las máquinas que mantenían con vida a su hija adolescente. Él y su familia tuvieron que andar por un valle de profunda oscuridad que nosotros, sus amigos, sólo pudimos observar desde un terreno más alto y más claro. Pocas veces antes yo había sido tan consciente de ver a alguien casi visiblemente sostenido por la gloria de Dios. Después del entierro me dijo: “Ahora sabemos que no nos queda nada más que temer.” Cuando el temor de la muerte, la madre de todos los temores, es desterrado, los demás temores también empiezan a retroceder.
¿Ves que si Él está con nosotros en el valle de la más profunda oscuridad, podremos seguir a David también en las otras grandes afirmaciones de este maravilloso salmo?
PROVISIÓN
Si el Señor es mi Pastor, suplirá todas mis necesidades.
“Nada me faltará”, afirma David. ¿Pero cómo podía estar tan seguro? Por la promesa de Dios.
Cuando David escribe: “nada me faltará”, está utilizando un vocabulario tomado de una parte anterior del Antiguo Testamento. Ésta era la misma expresión que se utilizaba en Deuteronomio 2:7, cuando Moisés le había dicho al rebaño que Dios había pastoreado durante cuarenta años, guiándolo por el desierto: “Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado” (énfasis añadido).
Si el Señor había provisto así para una multitud tan grande de su pueblo, ¿acaso no era capaz de suplir las necesidades de uno solo de ellos?
David confiaba porque también sabía algo acerca del carácter de Dios. Él supliría todas sus necesidades porque era su Pastor. Jesús nos ayuda a entender lo que estaba en la mente de David cuando dice que las características del buen pastor son: (1) que le importan sus ovejas; y (2) que conoce a sus ovejas (Jn. 10:11, 14, 15).
Si el Señor ha ido tan lejos para librarme de la muerte, puedo estar seguro de que le importo. Las heridas en sus manos y en su costado son evidencias suficientes de su amor. Es algo más allá de toda discusión: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).
Sí, puede que haya veces cuando clamas como los discípulos en medio de la tormenta en el mar de Galilea: “¿No tienes cuidado que perecemos?” (Mr. 4:38). Pero no puedes fijar tu mirada en la Cruz sin saber que Él sí tiene cuidado de ti, por encima de lo que las palabras pueden expresar. Si murió por ti, ¿cómo puedes dudar de que tiene cuidado de ti?
Sin embargo, junto con ese cuidado está su conocimiento. Él te conoce; es más: te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo. Conoce tu pasado y tu futuro. Y te conoce en profundidad: tus secretos, tus ambiciones, tus temores. Sí, te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo.
Este conocimiento tan penetrante daría miedo si no estuviera acompañado de su cuidado. Pero cuando un entendimiento perfecto de mí va casado con un amor perfecto por mí, puedo confiar en una cosa: sea lo que fuere que Él me mande, eso me traerá lo que realmente necesite; sea lo que fuere lo que yo necesite, Él lo proveerá; y sea lo que fuere que Él provea, viene señalado con la aprobación de unas manos taladradas con clavos. Puedo confiar en Él.
RESTAURACIÓN
Si el Señor es mi Pastor, me restaurará cuando caiga.
Parte de la hermosura literaria del Salmo 23, como el poder estético de algún gran cuadro de Rembrandt, estriba en la manera como se utilizan la oscuridad y las sombras para hacer resaltar la hermosura de la luz.
El Salmo 23 está lleno de sombras. David anda por un valle de sombras profundas y oscuras (v. 4). Más tarde se refiere a la sombra echada sobre su vida por sus enemigos (v. 5). Pero hay una sombra también detrás de estas palabras sencillas: “Él restaura mi alma” (LBLA).
Otros de los salmos entran en bastantes detalles al describir la senda que condujo a esta tranquila seguridad de la gracia.
Tal vez los pecados y los fracasos de David fuesen conocidos tan públicamente para cuando escribió el Salmo 23 que ahora una simple alusión a ellos era suficiente: “Él restaura mi alma.” Estas palabras fácilmente podrían servir de título para el Salmo 32 o el Salmo 51. Puede que no sea una mera casualidad que el verbo restaurar es a la vez una de las palabras del Antiguo Testamento para “arrepentirse.”
No obstante, aquí la ilustración se amplía. El pastor lleva a sus ovejas a “delicados pastos” y “junto a aguas de reposo” con el fin de hacerlas descansar y de restaurarlas. Hay aquí más de una mera palabra de perdón; hay un trato de gracia continuado y prolongado.
¡Justo lo que David necesitaba! Y nosotros también. Un poco más tarde le encontramos clamando:
Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias,
Que son perpetuas.
De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones,
No te acuerdes;
Conforme a tu misericordia acuérdate de mí,
Por tu bondad, oh Jehová (Sal. 25:6, 7).
Y así es con muchos de nosotros. De modo inexplicable, mientras procuramos vivir para Cristo, encontramos avivadas en nuestro recuerdo las memorias de pecados pasados, la vergüenza de culpa pasada. Incidentes desde hace mucho tiempo olvidados, vuelven; se nos incendia la mente; la paz y el gozo, la alabanza y el testimonio, quedan paralizados. Y llegamos a comprender lo que quiso decir Samuel Rutherford cuando dijo que las antiguas cenizas de sus pecados se convertían en un nuevo fuego de dolor para él. Es como si alguien hubiera penetrado en nuestras memorias con una flecha ardiente.
¿Será esto el ataque satánico del que habla Pablo en Efesios 6:1: “los dardos de fuego del maligno”, calculados para convertir nuestras vidas en su totalidad en un caos? Sin duda alguna, es algo terriblemente alarmante y espiritualmente destructivo. Pero David tomó el escudo de la fe: el Señor restaura mi alma; me baña en su perdón; me refresca con la certeza de su gracia.
En este punto nos podrá ayudar la descripción que hace Jesús de sí mismo como el Buen Pastor. Nuestro instinto natural es sospechar que si es verdad que nos restaura, será sin que Él realmente quiera; una inconveniencia necesaria pero irritante para Él.
Sin embargo, Cristo no viene a nosotros de manera meramente formal; viene queriendo venir, y con su gracia, para restaurarnos. Recuerda lo que les dijo a los que “murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe”:
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido (Lc. 15:4–6, énfasis añadido).
Esto es una parábola; pero el gozo del Pastor es literal. ¿Realmente crees eso?
Nueva dirección
La gracia del Pastor es real y gratuita. Y sin embargo, como David recalca a continuación, no nos deja igual que nos encuentra. La restauración conduce a una nueva dirección: “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (v. 3); ¡es restauración para luego seguir al Pastor como Guía!
La mayor parte de la enseñanza bíblica con respecto a la dirección del Señor se puede resumir en estas pocas palabras: “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.” La dirección que Cristo nos da es siempre “por sendas de justicia”: implica que nos conformemos a su palabra; es “por amor de su nombre”: tiene como su gran motivación no nuestra propia ambición sino la gloria de Dios.
¿Por qué esta combinación de gracia para restaurar y liderazgo para darnos dirección? Porque el pecado produce desintegración en nuestras vidas; hace que todo se deslice tarde o temprano. La restauración es más que perdón; es transformación. No debemos dejarnos engañar pensando que el Pastor se contente con el uno sin la otra. El Señor nos restaura porque tiene la intención de cambiarnos.
Dios no aprueba nuestra absorción en nosotros mismos. Su intención es que vivamos para Él, no para nosotros mismos: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15). La evidencia de la restauración es un nuevo nivel de consagración.
PROTECCIÓN
Si el Señor es mi Pastor, me sorprenderá con su gracia.
A muchos estudiantes de los salmos les han extrañado las palabras de David: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores” (v. 5). Han llegado a la conclusión de que se están utilizando aquí dos ilustraciones distintas: el Señor es el Pastor, y nosotros somos sus ovejas; pero también es el Anfitrión, y nosotros somos sus invitados.
Una de las razones por que se lee el salmo de esta manera es que se supone que ¡ningún pastor normal merendaría con su rebaño en un lugar infestado de lobos (Sal. 23:5)!
No obstante, quizá sea precisamente eso lo que se está diciendo: este Pastor no es uno cualquiera; sus caminos no son nuestros caminos; su sabiduría no es nuestra sabiduría.
¿Puedes ver las ovejas, todas juntas alrededor del pastor? Oyen a los lobos aullando, gruñendo, amenazando. El pastor siente los ojos desconcertados de su rebaño mirándole fijamente, incapaces de comprender. Le habían seguido muy contentas, habían confiado en él sin cuestionar, le habían tomado tal como les había parecido. ¿Por qué las habrá traído hasta aquí? ¿Es que no ve el peligro, y el miedo de ellas? “¿Es que realmente no te importa?”, le preguntan.
Hemos oído el eco de estas palabras por encima de la tormenta en el mar de Galilea. Los discípulos de Jesús se encontraron en esa tormenta por haber seguido obedientemente a su Maestro. Por lo visto, la obediencia no es ninguna garantía de una vida libre de problemas. “Maestro, ¿no tienes cuidado…?”, le preguntaron con tono acusatorio.
Nuestro Señor se levantó en la barca y pronunció dos palabras de reprensión: una iba dirigida a la tormenta en la naturaleza: “¡Calla, enmudece!”; la otra era para la tormenta en los corazones de los discípulos: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mr. 4:39, 40). Mientras Cristo estuviese con ellos, estaban seguros hasta que sus propósitos se hubieran cumplido. ¿Es que no podían confiar en Él aun si no le entendieran? Los discípulos le dijeron: “¿No tienes cuidado…?” Jesús les dijo: “¿No confiáis en mí?”
“Le tomaron como estaba…” dice Marcos (Mr. 4:36). Sólo después se darían cuenta de que Él también les había tomado a ellos, tal como estaban, espiritualmente empobrecidos, hombres de poca fe, porque quería enseñarles que siempre podían confiar en su cuidado de ellos. Ese cuidado suyo siempre va unido a su poder.
Durante un breve instante, Jesús manifestó su majestad y su gloria; el Creador mandó a su creación inclinarse ante Él en silenciosa adoración.
En ese momento era, sin duda, una experiencia de la que hubieran preferido prescindir. Pero hubieran quedado inconmensurablemente empobrecidos, espiritualmente, si se hubieran negado a acompañarle en la barca. En ese caso, nunca hubieran estado del todo seguros hasta qué punto era soberano el control suyo. Ahora, sin embargo, ¡lo sabían!
Simón Pedro, que estuvo con Jesús en aquella tormenta, más tarde tuvo que afrontar una de las crisis más grandes de su vida, cuando fue arrestado por predicar a Cristo. La noche antes del juicio (y condenación segura), se le envió un ángel para librarle, en respuesta a la oración. ¿Acaso fue por mera casualidad que el ángel del Señor tuviera que decirle lo que el mismo Pedro había dicho anteriormente a su Maestro: “¿Por qué duermes?” (cf. Hch. 12:7)?
Pedro había aprendido que podía confiar en su Salvador. Estaba dormido como un niño, seguro en su presencia.
Cualesquiera que sean las pruebas por las que el Señor nos permita pasar, su propósito es mostrarnos su presencia y su gloria de una manera que de otro modo no podríamos aprender. Él sabe que nos puede guardar; pero quiere que lo sepamos también nosotros:
Los que descienden al mar en naves,
Y hacen negocio en las muchas aguas,
Ellos han visto las obras de Jehová,
Y sus maravillas en las profundidades.
Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.
Suben a los cielos, descienden a los abismos;
Sus almas se derriten con el mal.
Tiemblan y titubean como ebrios
Y toda su ciencia es inútil.
Entonces claman a Jehová en su angustia,
Y los libra de sus aflicciones.
Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.
Luego se alegran, porque se apaciguaron;
Y así los guía al puerto que deseaban.
Alaben la misericordia de Jehová,
Y sus maravillas para con los hijos de los hombres.
Exáltenlo…
Y… lo alaben (Sal. 107:23–32, énfasis añadido).
PRESENCIA
Si el Señor es mi Pastor, estará conmigo ahora y para siempre.
La presencia de Cristo conmigo en el valle de la más profunda oscuridad es la garantía de su provisión, de su restauración por su pura gracia, y de su protección. También es la garantía de que siempre estará conmigo.
David razona de la siguiente manera: estuvo conmigo en el valle; por tanto “en la casa de Jehová moraré por largos días” (v. 6). Habiéndonos llevado a su rebaño, el Pastor nos da su palabra que nunca nos desamparará, ni nunca nos dejará (He. 13:5). “Nunca” significa: ni ahora, ni nunca.
David se daba cuenta de que esto significaba que el Señor estaría con él en cada etapa de su vida y en cada situación; allí y entonces, por supuesto; pero también aquí y ahora. Su “bien” y su “misericordia” (v. 6) nos seguirán a lo largo de nuestras vidas; el morar en su casa significará simplemente más de lo que ya hemos empezado a experimentar.
En el cuento de Narnia de C.S. Lewis El león, la bruja y el guardarropa, hay un pasaje maravilloso en el que uno de los niños, Lucy, descubre que Aslan, el “salvador” de Narnia, resulta ser un león. Alarmada por la idea de encontrarse con él, Lucy pregunta: “¿Es… vamos, es alguien totalmente seguro?”, a lo que le responde el Sr. Castor: “¿Seguro? ¡¿Quién ha dicho nada de que sea seguro?! ¡Claro que no es seguro! Pero es bueno. ¡Te digo que es el Rey!”
Y así es también con Cristo. El Buen Pastor llegó a ser el Cordero de Dios para quitar los pecados del mundo. Pero también es un león, el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5, 6). Desde un punto de vista, no parece seguro; no nos ofrece la clase de seguridad que elegiríamos para nosotros mismos. No le podemos amansar y domesticar a nuestro gusto. Pero es tanto bueno como fuerte; hay en Él verdadera seguridad. Él da una paz que el mundo ni puede dar ni tampoco destruir (Jn. 14:27). Él es bueno, y está con nosotros; y eso nos basta.
El primer médico que murió del virus del SIDA en el Reino Unido era un joven creyente. Había contraído el virus mientras hacía investigaciones médicas en Bulawayo, Zimbabue. Durante los últimos días de su vida falló su capacidad para comunicarse. Luchó con creciente dificultad para expresar sus pensamientos a su mujer. En una ocasión ella simplemente no podía entender su mensaje. Entonces él escribió en un bloc de notas la letra J. Su mujer repasó su diccionario mental, diciendo varias palabras que comenzaban con la J. Pero no era ninguna de ellas. Luego dijo: “¿Jesús?”
Sí, ésa era la palabra. Él, Jesús, estaba con ellos. Y eso era lo único que cualquiera de ellos necesitaba saber. Eso siempre basta.