jueves, 29 de noviembre de 2018

La Evidencia de la Experiencia

Hemos estudiado algo de la experiencia del apóstol Pablo, y en otros capítulos hemos notado varias veces la evidencia poderosa que tenemos cuando podemos decir a un incrédulo: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.” Siendo ésta la evidencia más poderosa, que nunca se puede negar ni contradecir, vamos a meditar en ella un poco más en éste nuestro último capítulo, para fortalecer nuestra fe y habilitar aun a los que son niños en Cristo a ser testigos valientes de él.
El apóstol Juan cita su propia experiencia cuando dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:1–3).
Policarpo, discípulo de Juan y después obispo de Esmirna, expresó su testimonio así antes de su martirio: “Oh Señor, Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bendito Hijo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de ti, el Dios de los ángeles y de las potestades y de toda criatura, y de toda raza de los justos que viven delante de ti, te doy gracias porque me has considerado digno de este día y de esta hora, para tener parte en el número de tus mártires en la copa de tu Cristo, para la resurrección en la vida eterna, tanto del alma como del cuerpo, por medio de la incorrupción impartida por el Espíritu Santo, entre quienes ojalá sea aceptado ante ti en este día como un sacrificio rico y aceptable según tú, el fiel y verdadero Dios, lo has predestinado, lo has revelado de antemano y lo has cumplido ahora.
“Por lo cual también te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico junto con el eterno y celestial Jesucristo, tu Hijo amado, por quien a ti, con él y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y por todos los siglos. Amén” (Wace).
Estas últimas palabras del anciano obispo merecen atención especial. El había servido al Señor Jesucristo por más de ochenta años con toda la devoción de su ser, había sufrido muchas persecuciones, y ahora estaba a punto de ser echado a las fieras. Pero sus palabras no son las de un seguidor alucinado de fábulas ingeniosas. Al contrario, son una canción de victoria, llena de esperanza y de confianza firme que pronto iba a ser coronada con la gloria eterna.
Martín Lutero, el gran reformador de Alemania, escribe así de su propia experiencia en el evangelio: “En cuanto a mí mismo, aun cuando no puedo vanagloriarme de un gran acopio de esta gracia (porque siento profundamente mi estrecha deficiencia) confío sin embargo en que de las grandes y variadas tribulaciones bajo las cuales me he sentido, he adquirido de la fe un cierto dracma; y que puedo por lo mismo hablar de ella, si no con más elocuencia, sí con más substancialidad que cualquiera de aquellos sutiles eruditos que lo han hecho hasta aquí en todas sus laboriosas disputas.”
El doctor Brown, citando los testimonios de unos científicos acerca de su fe en Jesucristo, exclamó: “Tal testimonio iguala en valor a volúmenes de argumentos.”
A los que buscan a Dios y sienten necesidad de un Salvador, no es nuestro primer deber exhortarles a usar sus poderes intelectuales e investigar las evidencias cristianas. ¡No! Lo primero es decirles: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (Salmo 34:8). Cuando Natanael preguntó a Felipe con incredulidad: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” la respuesta fue: “Ven y ve.” Todos los que han venido a Cristo con arrepentimiento y fe han hallado en él todo lo que anhelaban o necesitaban para esta vida y para la eternidad. “Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:41, 42).
“El investigador encuentra la verdad cuando encuentra a Cristo; su pesquisa por la verdad continúa después de eso tras el significado de Cristo. La fe no es la antítesis del pensamiento, sino sólo de la vista. La fe es un acto de la voluntad que nos relaciona con nuevas realidades, nuevos objetivos. Actúa como si estuviera presente el Cristo invisible, y no te encontrarás con la vacuidad” (Mullins). Procuramos pues, traer a cada alma, sea grande o pequeña, a un contacto personal con Cristo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Un borracho consuetudinario fue convertido y se regocijaba en su Salvador. Cuando un compañero ateo le dijo que esa nueva religión era un engaño, el cristiano contestó: “Gracias a Dios por el engaño; él ha vestido y calzado a mis hijos, y les ha dado pan. Ha hecho de mí un hombre, y ha puesto gozo y paz en mi hogar, el cual había sido un infierno. Si éste es un engaño, ojalá que Dios lo mandara a los esclavos del vino en todas partes, porque su esclavitud es una espantosa realidad.”
El doctor Mullins hace notar cuatro cosas que vemos siempre en la evangelización, y que prueban el poder del mensaje:
(1) Gana hombres a la vida religiosa por la predicación.
(2) La predicación de un conjunto de verdades, todas las cuales están conectadas con Cristo.
(3) La producción de resultados inmediatos en la conversión de los hombres.
(4) La permanencia de los resultados morales así obtenidos es la prueba de la realidad de la transformación moral efectuada en la conversión.
Todo el poder está en Cristo, y sólo por él se consigue el éxito.
Así hemos visto que en la esfera intelectual, en la esfera moral, en la esfera espiritual, en la dirección de la vida práctica, y en la historia de la iglesia, CRISTO es el todo y en todos. Todas las teorías, conjeturas e hipótesis de los hombres han fracasado, pero él siempre logra la victoria.
David describe de manera hermosa el resultado de su investigación de las evidencias en el mundo interior: “Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, abismo grande. Oh Jehová, al hombre y al animal conservas. ¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz. Extiende tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón” (Salmo 36:5–10).




viernes, 5 de octubre de 2018

Algunas dificultades bíblicas

1. La mujer de Caín (Génesis 4:17). Muchos de los enemigos principian sus acusaciones en contra del evangelio preguntando dónde encontró Caín su esposa. Sin duda él se casó con una de sus hermanas, porque muchos hijos e hijas nacieron de Adán y Eva después de la muerte de Abel.
2. El sepulcro de Abraham (Génesis 23:15–17; 33:19; 49:30–32; 50:13; Josué 24:32; Hechos 7:15, 16). Comparando cuidadosamente todos estos pasajes, vemos que según Génesis 23 Abraham compró un sepulcro en Hebrón llamado la cueva de Macpela, juntamente con el campo y todos sus árboles. Allí Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea fueron sepultados. De Hechos 7:16 vemos que Abraham compró otro sepulcro en Siquem, que no está mencionado en Génesis. Allí fueron sepultados José y sus hermanos. En Génesis 33:19 vemos que Jacob también compró un campo en Siquem —probablemente el mismo campo en medio del cual su abuelo Abraham había comprado ya un sepulcro— y a ese campo se hace referencia en Josué 24:32; Génesis 48:22; Juan 4:5, 6.
3. Faraón endureciendo su corazón (Exodo 4:21). En el principio Faraón endureció su propio corazón (Exodo 7:14; 8:15, 32), y luego el amor y la paciencia de Dios resultaron en hacerlo más y más duro, mientras Dios en su misericordia le perdonaba y le daba repetidas oportunidades de arrepentirse. La gracia de Dios es como el sol, que resplandece sobre todos por igual (Mateo 5:45). Los mismos rayos cayendo sobre una masa de mantequilla la derriten, y sobre una masa de barro la endurecen más y más.
4. Faraón no se ahogó en el mar Rojo (Exodo 14:8–10, 17, 18, 26; 15:19; Deuteronomio 11:4). El ejército era de Faraón; y es la costumbre universal hablar de lo que hace un ejército como los actos de su rey, pero muy raras veces va él en persona con ellos. En la Segunda Guerra Mundial veíamos los reportes de que “Hitler invadió Rusia”, o “Hitler conquistó tal o cual ciudad”, cuando todos sabían que él no iba personalmente con sus ejércitos. La momia de este mismo Faraón está preservada hasta el día de hoy y se puede ver en el museo de El Cairo, Egipto; y los arqueólogos nos dicen que esa momia no fue hallada en la orilla del mar Rojo.
5. La mujer cusita de Moisés (Números 12:1). Séfora no era en verdad cusita (es decir, de Africa) sino hija del sacerdote de Madián, una de las tribus semitas descendientes de Abraham (Exodo 2:16, 17). Pero es probable que María hubiera tenido una riña con ella y la llamaba “cusita” por rencor — tal vez con respecto a su tez morena.
6. Balaam el profeta asalariado (Números 22:1–5, 12, 19; 25:1–9; 31:16; Deuteronomio 23:4; Josué 13:22; Miqueas 6:5–8; Pedro 2:15; Judas 11). Un estudio de estos pasajes probará que Balaam no era pagano sino un profeta de Jehová que vivía en Petor, a la orilla del río Eufrates. Balac, rey de Moab, sí era pagano; pero él tenía fe en las maldiciones de Balaam y quiso alquilarle para maldecir a Israel. Al principio Dios dijo claramente a Balaam que no fuese a Moab, pero él tenía su mente puesta en la ganancia, y los premios ofrecidos por Balac le cambiaron de un adorador de Jehová en uno que conspiraba contra él. Dios le hizo pronunciar las bendiciones elocuentes de Números 23 y 24, pero después este mismo profeta sugirió a Balac el plan infernal de seducir a las doncellas israelitas por medio de las fiestas idolátricas de Moab, y Balaam mismo fue muerto en el juicio severo que siguió.
7. La plaga de Baal-peor (Números 25:1–9; 1 Corintios 10:8). No hay contradicción aquí, aunque muchos lo afirman. Pablo dice que veintitrés mil fueron ejecutados por el juicio de Dios en un solo día; mientras que mil más murieron después, haciendo el total de veinticuatro mil, como lo registra el libro de Números.
8. La inocencia de David (2 Samuel 22:20–27; Salmo 18:20–26). Muchos han explicado esta protesta de inocencia diciendo que David era comparativamente inocente, y que no vivía una vida de maldad ni de idolatría. Pero en vista de sus grandes crímenes —que no tienen excusa posible— esta explicación no nos satisface. Probablemente David estaba muy sorprendido y humillado cuando el Espíritu de Dios le inspiró a escribir estas palabras, y él mismo tuvo que buscar su explicación.
El Señor nos enseña aquí una profunda verdad, y es que el perdón y la bendición no se pueden conseguir sino después de una expiación. El Dios justo tiene que castigar el pecado, y solamente por un sacrificio perfecto se puede hacer la expiación. Este cántico de David es mesiánico: describe a la raza humana hundiéndose en torrentes de iniquidad, clamando a Dios y siendo rescatada por la venida de su Hijo unigénito, el Mesías prometido. El no sólo libra al pecador de las muchas aguas y le pone en salvo, sino que también le viste de la perfecta justicia de CRISTO que aquí está descrita.
9. El censo de David (2 Samuel 24:9; 1 Crónicas 21:5). La diferencia en las cifras se explica así: en todo Israel hubo 1.100.000 contados, y entre ellos 800.000 eran “soldados valientes”. Del mismo modo en Judá hubo 500.000, mientras los soldados eran 470.000. Es probable que todos los contados eran capaces de “sacar espada”, o de edad militar, y que el número menor en ambos casos representaba a los que realmente estaban en el ejército en aquel tiempo.
10. La era de Arauna (2 Samuel 24:24; 1 Crónicas 21:25). David compró la era y los bueyes el mismo día por cincuenta siclos de plata; y después consiguió todo el sitio, que comprendía todo el monte de Moriah, por seiscientos siclos de oro, un precio mucho más grande.
11. Los espíritus malos usados por Dios (Jueces 9:23; 1 Samuel 16:14; 1 Reyes 22:22, 23; Job 12:16; Ezequiel 14:9; 2 Tesalonicenses 2:11). Al estudiar todos estos pasajes, debemos recordar que Dios no es el autor del mal, sino que él hace todo lo que puede para retraer al hombre de sus malos caminos, sin forzar su libre albedrío. Los escritores de la Biblia hacen referencia a la soberanía de Dios, cuando permite las actividades de los espíritus malos, como si fuera él quien las instigase. Lo cierto es que ellos siempre querían elevar los pensamientos del hombre al dominio absoluto de Jehová en su universo, y al hecho de que él es poderoso para guardar y ayudar a los suyos que confían en él.
Al mismo tiempo, es claro que cuando los hombres, de su propio albedrío escogen el camino de Satanás, Dios los deja ser tentados, engañados y llevados al infierno por el guía que ellos mismos han escogido, como hizo con Faraón. Muchas veces él profetiza en su Palabra el fin de los caminos de ellos, que él conoce por causa de su presciencia; y su tratamiento con ellos se puede resumir en las palabras de 1 Reyes 12:15: “Era designio de Jehová para confirmar la palabra que Jehová había hablado.”
12. Las imprecaciones de los Salmos. Léanse los Salmos 7, 35, 59, 69 y 109. En estos Salmos se ve un espíritu de venganza, de maldición y de enemistad que es contrario a las enseñanzas del Nuevo Testamento. La explicación consiste en que los santos del Antiguo Testamento no hacían distinción entre el pecador y su pecado, y creían que porque Dios aborrece el pecado, él odia también al pecador. Creían que ellos también tenían que hacerlo (Salmo 139:21, 22). Jesús enseñó a sus discípulos a amar al pecador, mientras aborrecían sus maldades (Mateo 5:38–48). Nosotros debemos hacer lo mismo, y aplicar todas las imprecaciones de los Salmos al pecado, o a Satanás. Muchas de ellas son profecías de lo que Dios va a hacer al anticristo.
13. El campo del alfarero (Mateo 27:9, 10; Zacarías 11:12, 13). Nótese que Mateo no dice que Jeremías escribió la profecía de la compra de este campo, sino que él habló. En Jeremías 18:1–4 tenemos la narración de una visita del profeta a la casa del alfarero; y es probable que Jeremías en aquel tiempo habló lo que Zacarías escribió después bajo la dirección del Espíritu Santo.
14. Los que volvieron del cautiverio. Tenemos dos listas de los judíos que volvieron de su cautividad en Babilonia, una en Esdras 2 y la otra en Nehemías 7. Los enemigos de la Biblia ponen mucho énfasis en el hecho de que las listas no son idénticas, y proclaman que la Biblia se contradice a sí misma. La primera lista fue hecha por Zorobabel en Babilonia, y alistó a todos los que se reunieron para volver a Palestina. Es posible que algunos fueran detenidos en el último momento, y puede ser también que algunos murieran en el largo camino de varios meses. También es posible que otros vinieran y se juntaran a la caravana en el último momento, después que se había hecho la lista.

De todos modos, parece que la segunda lista fue el registro corregido de los que realmente llegaron a Jerusalén, y cuyas genealogías fueron aceptadas por las autoridades. En Nehemías 7:5, 64 vemos cuán celoso era Esdras por su nación, exigiendo que cada judío pudiera probar su genealogía para ser aceptado como miembro del pueblo escogido.